martes, 15 de noviembre de 2016

La luz del camino


 Decía Martin Luther King que “si no puedes volar, entonces corre; si no puedes correr, entonces camina; si no puedes caminar, entonces arrástrate; pero hagas lo que hagas, sigue moviéndote hacia adelante”.



Cada zancada en tu vida debe ser un paso más hacia tus sueños e ilusiones, tus esperanzas y objetivos. Cada gota de sudor, cada lágrima derramada, cada llamarada de frustración, cada sonrisa de satisfacción. Todas y cada una de tus vivencias, sean las que sean, cuentan para acercarte hacia tus metas. De la felicidad se vive; pero con el dolor se crece. La alegría se disfruta; pero la tristeza nos hace más fuertes.  Todo y absolutamente todo, sin quererlo, sin buscarlo, sin merecerlo, actúa como un maestro de experiencias que moldea tu camino; aunque al final, como decía Martin, seguir avanzando o quedarte parado en este sendero solo dependerá de ti. De las pequeñas decisiones que cuelgan de un hilo invisible; del desparpajo y confianza que arrojas cada vez que te levantas; de esa lucha y constancia diarias que no desaparecen nunca. Porque al final, es cada pequeña batalla ganada en silencio, la que dictaminará tu suerte.
En esta metáfora, podríamos decir que existe un símil entre la vida y el Camino de Santiago. Una larga travesía donde cada paso nos acerca a nuestro objetivo y llegar antes o después, dependerá de nuestra mochila cargada de experiencias, de los medios que disponemos y de la preparación previa. Todo cuenta, incluso lo que no depende de nosotros, pues a veces la vida marca con flechas el camino a seguir; algunas veces de manera correcta y otras, totalmente equivocadas. Pero ver esas flechas, ver esas señales que a veces permanecen camufladas entre la maleza, los árboles, la carretera…. dependerá de ti. Sin olvidar que no importa cuán buenas sean tus zapatillas, mochila de experiencias o audacia para ver las señales; al final, el motor será tu esfuerzo. Y es que hay pocas cosas que se escapen a la voluntad de una persona que lucha y se esfuerza paso a paso. Sin prisa, pero sin pausa. Con la confianza de quien sabe dónde va, sin importar el tiempo que deba transcurrir hasta su encuentro.


Y quizá el esfuerzo no sea algo que seduzca a plena luz del día. ¿A quién le apetece sufrir, sin esperar nada a cambio? Pues el esfuerzo no hace ruido, no vende fama, no enamora, no te cura los males de golpe ni te recompensa de forma inmediata. El esfuerzo es aquello que nadie ve cuando el corredor llega a la meta, pues a menudo nos fijamos en el resultado y no en la posición desde la que partimos. Y muy pocas veces el esfuerzo de superación frente a ti mismo y las circunstancias que te rodean será recompensado si no has logrado una buena posición. Es por este motivo que la mayor ambición de los más jóvenes sea convertirse en futbolista, youtuber o tronista. No estamos acostumbrados a darlo todo, a sacar lo mejor de nosotros mismos sin una recompensa a corto plazo. Y es por ello que atrae más la idea del dinero fácil, que el esfuerzo bañado en un futuro incierto.



Pero permitirme deciros que uno de los tesoros invisibles que dan el sentido a la existencia es el esfuerzo. Pues con él no te harás rico en un día, pero si saborearás cada pequeño logro como la felicidad más absoluta.  No hay que olvidar que al fin y al cabo, las cosas adquieren la importancia por el esfuerzo que hay detrás de ellas; y el valor de las cosas las otorga el tiempo, por ello las antigüedades tienen un valor superior. De esta manera, el esfuerzo siempre irá de la mano del tiempo, y en esta simbiosis, todo lo que suponga una inversión de tiempo y esfuerzo mayor, tendrá más valor que cualquier objeto bañado en oro.
El esfuerzo es el diamante en bruto que todos podemos poseer si rebuscamos en lo más profundo de nosotros; es la llave de nuestras pasiones, de nuestros anhelos.  ¿Cómo vas a saber hasta dónde puedes llegar si no te esfuerzas? Sin ese diamante inmaterial, sin ese faro invisible que te guía en cada paso, sin ese esfuerzo que ilumina tu camino la duda siempre permanecerá perenne: ¿pude llegar más lejos? Podrán pasar los años, pero el silencio del pasado no responderá nunca. Y aunque te escudes en una y mil excusas, quizá no haya otro camino; y nunca lo hubo.
 

No desesperéis hasta llegar a Santiago. No os ahoguéis en el deseo ferviente de vuestros objetivos. Disfrutad, contemplad la travesía. Pues lo importante no es llegar, lo maravilloso es el camino. Que el tiempo es sabio y al final, por una ley no escrita, pone a cada uno donde se merece. Cultivad en las escuelas esfuerzo y sacrificio para que algún día, broten personas capaces de afrontar cualquier decisión desde la humildad más profunda: aquella que se fragua entre arados y siembra diaria, manchando las rodillas para ver florecer el huerto. Y no importa cuán lejos parezca, el que se esfuerza podrá caer una y otra vez, pero tarde o temprano, de forma inevitable, el exterior reflejará la lucha interna que durante meses o años, ha llevado a cabo en silencio. Porque las mejores batallas, son aquellas que se sustentan con uno mismo, ante la oscuridad de un camino que paso a paso, se hará más brillante cada vez.








miércoles, 9 de noviembre de 2016

¿Todavía no lo conoces?

Si aún no conoces qué es el Comienzo de la Victoria haz click en la pestaña superior "El Comienzo de la Victoria" para descubrir algunos aspectos de la novela y los tesoros invisibles que se plasman en ella. No esperes para adentrarte en esta emocionante aventura cargada de alegría, drama, reflexión y misterio que no te dejará indiferente.
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jueves, 21 de julio de 2016

La perfecta imperfección


“La imperfección es belleza, la locura es genialidad, y es mejor ser absolutamente ridículo que absolutamente aburrido” Marilyn Monroe



Como decía Marilyn, pocas veces nos paramos a pensar cómo sería un mundo perfecto, donde la gente actuara de una manera deseada y a la vez esperada. Donde todo fuera milimétrico y medido hasta el último suspiro. Quizá así todo se convertiría en la trama de esa película que tantas veces nos han contado y cuyo final ya sabemos de memoria. O quizá la sinopsis de esa novela que tanto nos gusta pero que no queremos volver a leer porque ya sabemos cómo actuará cada uno de los personajes. Todo se convertiría en una falsa armonía donde las personas se moverían por inercia, como una pelota que rueda, pero que ignora por qué. El caminar por esta aventura sería más aburrida a falta de caídas, contratiempos y actuaciones imprevisibles que nos hicieran temblar y a la vez disfrutar con el sentimiento más profundo que cala hasta la parte más recóndita de nuestros huesos. Porque es en las emociones imperfectas de los humanos, sus desaciertos y sus tropiezos, donde encontramos la esencia de este guiso.

Aun así, todavía hay gente que sueña con ese lugar idílico propio de una película de dibujos animados. Bueno, en realidad todos hemos soñado con un lugar así. Alejado del drama y el dolor, de las heridas en las rodillas tras cada caída y donde los personajes viven en paz y armonía respetándose los unos a los otros. La magia acaba cuando empezamos a crecer y vemos que el camino se muestra un tanto bacheado, el mar en calma siempre alberga alguna tormenta y los personajes que nos rodean no son lo maravillosos que podían ser. Entonces, al abrir los ojos, nos vemos obligados a dejar de coger la vida minuciosamente con pinzas, a agarrarla con nuestras manos antes de que se nos escape. Porque sí, si permaneces esperando que las cosas pasen no llegan a ocurrir; hay que hacer que las cosas pasen. El mundo no tendrá piedad en arrebatarte lo que deseas porque no es el mundo idílico que nos muestran de pequeños; no obstante, en nuestras manos está hacer que ese mundo imperfecto no sea un mundo idílico, pero si, entre todos, un mundo mejor.

Pero no solo el mundo, sino también las personas. Nuestros padres, hermanos, amigos, vecinos… Toda la gente que forma parte de nuestra vida, forma parte de nuestra imperfección y a la vez, formamos parte de la suya. Como me decía una abuela: “hoy en día vivimos en una etapa en la que si algo se estropea, en vez de arreglarlo, compramos otro”. Es esa falta de tolerancia, de aceptación de los errores lo que nos lleva a perder la cabeza, a cargarnos de odio contra el que está al lado y así acallar la frustración porque las cosas no son como nos gustarían. Y es en esa travesía de furia y discusión, donde olvidamos de que la gente puede ser tan maravillosa como nosotros hagamos que lo sea. Si ensalzamos sus virtudes y trabajamos sus defectos con diálogo y comprensión. Claro, eso requiere un esfuerzo y vivimos tan apresurados que no todo el mundo está dispuesto a invertir tiempo de su vida. No obstante, siempre podremos salir corriendo e ir en busca de piezas perfectas que encajen en nuestra vida como un puzle perfecto, donde todo sea tan exacto como siempre hemos soñado. Pero el mundo real no es un pasatiempo ni las personas somos piezas exactamente modeladas. Podríamos pasarnos la vida entera buscando la pieza perfecta entre una infinidad de opciones y que nunca llegara, porque que la pieza sea perfecta, depende de nuestro nivel de exigencia y tolerancia. Siendo conscientes de que nosotros mismos tampoco somos una escultura tallada en mármol con la superficie bien pulida.



Nadie necesita una vida perfecta para ser feliz. En un estudio, donde se comparaban las vidas de personas, llegaron a la conclusión de que las personas más felices no eran aquellas a las que les sucedían las cosas más fascinantes ni extraordinarias. Entonces, ¿adivináis cuáles? Sí, las personas más felices eran aquellas, que hacían fascinante aquello que les sucedía. Las que sacaban lo positivo de todo lo malo que se cruzaba en su sendero. Al fin y al cabo, la felicidad solo depende de nosotros y en nuestras manos tenemos más capacidades de las que nos imaginamos.

No esperéis la perfección y vuestros deseos para poder disfrutar cada bocanada de esta vida. Para apreciar ese atardecer aunque el cielo amenace tormenta; para maravillarse con la arbitrariedad de una noche estrellada; para contemplar el laberinto de edificios en la colina de una gran ciudad; para fascinarse con el vaivén de las olas en una orilla cualquiera; para valorar la compañía de aquel que nos tiende la mano. Ama la imperfección, aprecia la vida. Porque si valoras la imperfección, podrás hacer de este mundo un idilio en el que vivir.




 

 

jueves, 16 de junio de 2016

La llamada patria


Decía Ramiro de Maeztu que “ la patria es espíritu. Ello dice que el ser de la patria se funda en un valor o en una acumulación de valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el suelo que habitan”



El tiempo pasa, la sociedad se modifica y las personas cambian con ella. Pero olvidamos que cambiar, no es avanzar, que hoy tengamos mejores medios de comunicación no evita que sigamos cometiendo los mismos errores que ayer. Y esta nación, no cesa de caer en los mismos errores una y otra vez. Y esto se acentúa cuando la gente, como decía Maeztu, pierde los valores que nos unen como personas, que nos hacen creer en un mundo mejor, porque para cambiar una ciudad, una comunidad o un país, se necesitan personas cargadas de fe en un mañana mejor, que no hagan alarde de una bandera que en realidad no sienten. Ser de un país no es llevar la banderita en el fondo de pantalla, ni pintarse la cara de los colores de tu selección cuando llega el mundial o la Eurocopa. Ser de un país no es defenderlo a capa y espada con palabras, ni desacreditar al resto de países o personas por razón de su origen o etnia.

Sentir un país es partirse la espalda por el de al lado, dejar que el sudor surque la frente por cada esfuerzo, por cada ayuda que damos y servicio que prestamos. Mostrar tu mejor versión sin esperar nada a cambio. Eso nos hace humanos y no autómatas que deambulan errantes tratando de salvar su pellejo porque no saben si llegaran a fin de mes. Si no dejamos aparcados el odio, el rencor, la rabia, la ira, las espinas de guerras pasadas, el dolor de tantas vidas perdidas en vano, nunca podremos avanzar.  Para seguir adelante, es necesario dejar aparcado el pasado y construir un nuevo país con gente honrada, que gane lo que necesita; con gente honesta con su vida, que sienta lo que dice y cumpla con su palabra hasta el final, sin enfundarse en falsas promesas electorales que nunca serán verdad; gente que ame hasta el último suspiro de esta vida y lo demuestren cada día; gente llena de valores que busquen en el esfuerzo la meta de sus sueños, que no se dejen llevar por placeres súbitos y profesiones vacías que te llenaran los bolsillos, pero que lentamente, como aquel que vuelca un vaso, vacíen su corazón.

Tantos intereses ocultos, tantos lugares llenos de gente pero ausente de personas; tantos talonarios repletos y corazones congelados; tantas plazas silentes y bancos ruidosos; tantas verdades ocultas y tantas mentiras mostradas;  tantas falsas sonrisas y tanto dolor verdadero; tantas casas vacías y tanta gente que vive en la calle; tantos con capacidad para llegar lejos y tan pocos que lo hacen por no creer en su sueño, por no tener claro su objetivo en la vida; tantas personas con un objetivo claro y que sin embargo, no tienen posibilidad de llevarlo a cabo; tantos niños sin infancia y tantos parques sin niños;  tantas conversaciones en los móviles y tanto silencio en cada mirada, en cada encuentro, en cada compañía; tantos libros repletos y tantas mentes ausentes de conocimiento que recitan sin aprender; tantos campos de fútbol y tanto fracaso escolar; tantas plazas de toros y tantos recortes en la sanidad; tanto odio injustificado, tanta venganza y tan poca solidaridad.

Estaba claro que algún día llegaría ese momento; el momento de despertar y darse cuenta de que no podemos  presumir de un país que a pesar de tener los mejores equipos de fútbol, los mejores estadios, los mejores toreros, las mejores playas de Europa y demás motivos de ocio, encabeza la lista de parados, de paro juvenil, de abandono escolar, de familias en riesgo de exclusión social y de pobreza infantil.

Pero no temáis. Aún queda esperanza en el obrero que cada mañana se levanta para sacar este país adelante, que hace del sudor de su frente su bandera y que tributa de manera honrada como una hormiga que intenta cargar a sus espaldas el peso de un país entero; la base de esta pirámide que por momentos se tambalea. Nadie es más importante que nadie, todos nos necesitamos. Y es ahí, en cada agricultor que madruga para labrar la tierra; en el ganadero que no descansa para salir adelante; en cada pescadero que sale a faenar cada mañana incluso para no volver en meses; en cada bombero que arriesga su vida por salvar a los demás; en cada policía que intenta poner orden; en cada camarero que madruga para servirte el café; en cada voluntario que trabaja sin cesar para ayudar a los necesitados; en cada científico que no duerme por descubrir una cura; en cada profesor que deja el alma por crear grandes personas; es en estos casos y en otros tantos, en los que podemos alzar la voz y gritar “viva mi nación” y sentirnos orgullosos de pertenecer a ella. Porque no hay derechas ni hay izquierdas, no hay rojos ni azules; no hay verdades absolutas ni leyes impolutas; no hay ideas que tengan supremacía sobre otras. Para que crezca un país es necesario que crezcan las personas, que se carguen de humanidad y se conviertan en personas repletas de solidaridad, de honradez, de honestidad, que sientan la amistad y el amor.  Que aprecien su vida y la de sus familias. Que sean conscientes de que la fachada es muy bonita, que el color de la bandera luce muy bien, pero que lo que verdaderamente importa es el interior, convertir las palabras en hechos, las verdades en realidades y las promesas en compromisos eternos. Sólo así seremos grandes y espero que para cuando despertemos de este letargo, no sea demasiado tarde.