viernes, 12 de febrero de 2016

Intemporal


Aquella mañana decidió llover. No era un día alegre por definición, pero nada podía arrebatar la magia del momento. Entre la ida y venida de pasajeros, en medio de la inmensa estación de tren, dos miradas se cruzaron en un curso intemporal, como dos latidos que se sincronizan al son de un mismo pálpito. Tantos pasos los separaban, que sin pensarlo dos veces, decidieron correr uno hacia el otro como dos imanes que de forma irremediable se ven atraídos. ‹‹Es papá››, parecía decirle emocionada, con los ojos brillando de una manera especial,  la mujer al niño que llevaba en brazos. Éste, atónito a sus 2 o 3 años, movía la cabeza de un lado al otro intentando no perder ni un solo detalle de aquella escena. Quién sabe si para guardar en la memoria el encuentro para que tantos años después, pudiera recordar el día en que conoció a su padre.





Y por fin el tan ansiado momento. La mirada sincera, pura y transparente que precede al beso y al abrazo de un reencuentro de dos manos que se entrelazan para mostrar la fortaleza de una unión que se consolida con cada instante que pasa, porque para ellos, el tiempo no transcurre en el mismo cauce de la mortalidad. ‹‹Ha sido difícil la espera››, parecía decirle él. Pero esa laguna extensa de soledad, ahora sí, había merecido la pena. La distancia no había podido separar lo que un día, fuera por azar o destino, el tiempo había unido.

Juntos, cogidos de la mano y sujetando algunos vestigios del curso militar del hombre, abandonaron la estación entre la muchedumbre y una mañana lluviosa que para nada, pudo empañar la felicidad que habitaba en su interior.

Esta es una de tantas historias que recorren nuestras calles y los rincones de millones y millones de estaciones cada día. Esa soledad compartida, esa espera que yace ansiosa ante el tan esperado reencuentro en el que lo virtual deja de ser una fantasía para convertirse en realidad. Atrás habían quedado las llamadas de móvil, los mensajes, las videollamadas con el ordenador. Olvidadas quedaban aquellas noches de tortuosa incertidumbre sobre rumbo de sus destinos. Todo de nuevo, volvía a tomar forma, a ser perfecto en un mundo tan imperfecto e inexacto a la vez.

¿Se puede explicar esa fuerza capaz de transformar la mente y las personas? El amor, que todo lo puede y todo lo quiere. Que puede atraparte cuando menos te lo esperas. Que es capaz de transformar una situación angustiosa en amena, un brazo de apoyo, un soporte, un impulso en lo malo y un aliento en lo bueno. Pero, ¿qué es esa sustancia inmaterial e inagotable que no puede localizarse como un órgano material? Y que sin embargo, es capaz de mover a las personas.

Algunos dirán que tan solo es una mezcla fortuita de hormonas en un lugar y en un momento adecuado, un flujo de oxitocina que nos hace perder la cabeza.  Y aunque hoy en día su significado haya quedado tan devaluado como el de novio/a, familia y empiece a estar sustituido por rollo o amigo/con derecho a roce o “mis viejos”, lo cierto es que ese poder sigue siendo tan misterioso y tan presente como desde tiempos inmemorables. No podemos elegir cuando sentirlo, cuando liberar esa hormona oxitocina que según los expertos mueve los hilos de un sentimiento; eso hace que todo se vuelva más complejo y no se trate tan solo de una casualidad en un lugar en el tiempo apropiado.

Es curioso que no elegimos tener los padres que tenemos; sin embargo, los queremos como si los hubiéramos elegido una y otra vez en una selección infinita. Es curioso que entre millones y millones de personas, que pueblan, poblaron y poblarán el mundo dos personas coincidan para darse el sí quiero como si de manera inevitable, sintiéndose parte de una misma entidad, necesitaran estar juntos. Es por ello que el amor a quienes nos rodean es intemporal, no entiende de sucesos cronológicos, de estaciones en el tiempo, de lugares ni personas.

Tampoco entiende de lo material, pues hay quien ama una novela como una obra cinematográfica o una escultura. Es universal, pues a lo largo del mundo hay quien ama una religión, un pueblo o una nación. Es también ajeno al adiós, pues mucho tiempo después de habernos alejado de aquello que tanto queríamos, es irremediable volver a sentir atisbos de ese sentimiento cuando aquello vuelve a rozar nuestro recuerdo. Tampoco comprende lo que es una espera, porque es capaz de aguardar el momento en una soledad impaciente cargada de locura y cordura al mismo tiempo. ¡Qué raro es!¡ Quizá no haya quien lo comprenda! Pero de lo que sí podemos estar seguros,  es que jamás un héroe o una heroína pudo salvar nada sino es movido por ese sentimiento que implica sentirse vivo y morir en vida cuando por el mismo azar o destino, se escapa de nuestras manos.

Viktor Frankl, un psiquiatra austriaco que publicó una obra abordando el sentido del amor en un momento de intensa dificultad como fue el paso por un campo de concentración señala: “Cuando estábamos en el campo, tanto mis camaradas como yo, nos dábamos cuenta de que ninguna felicidad sobre la tierra podría compensar en el futuro todo lo sufrido por nosotros durante nuestra reclusión. Si hubiésemos levantado un balance de la dicha, solo habría arrojado este saldo favorable: estrellarnos contra las alambradas, es decir, quitarnos la vida. Los que no lo hacíamos, nos absteníamos de hacerlo llevados del profundo sentimiento de obligación. En cuanto a mí, me sentía obligado hacia mi madre a no arrebatarme la vida. Nos amábamos el uno al otro más que a nada en el mundo. Esto hacía que mi vida alcanzara, a pesar de todo, un sentido. Tenía, sin embargo, que contar diariamente y a todas horas con la posibilidad de morir. También mi muerte debía adquirir un sentido, lo mismo que a todos los sufrimientos que me esperaban antes de llegar a ella. Llevado de estas reflexiones seguí un pacto con el cielo: si lo que yo tuviese que sufrir hasta llegar la hora, también daría a mi madre, en la suya, una muerte dulce. Solo así, concebida como un sacrificio, me parecía soportable toda mi existencia atormentadora. Solo me sentía capaz de vivir mi vida, a condición de que esta tuviese algún sentido; pero tampoco quería padecer mis torturas y morir mi muerte, más que si mi muerte y mis sufrimientos tenían algún sentido.”

Era pues el amor la fuerza que hacía que la vida adquiriera sentido alguno ante las complicadas condiciones en las que se encontraban. Esa era la fuerza, que en el fondo, empujaba a aquellas personas a continuar resistiendo el vendaval, la tempestad, la oscuridad de la noche y el frío insoportable. Era ese sentimiento el que les aportaba una bocanada vital para no cesar en el empeño, para levantarse cada día con la esperanza de que algo iba a cambiar, de que volverían a ver a las personas que tanto amaban, soportando la incertidumbre de un futuro lejano o un reencuentro con sus familiares aún improbable, en una espera insoportable y desdichada. Y aunque tantos años después las condiciones de vida han cambiado, todavía hoy, oculto en nuestra sociedad, luchando por no desaparecer, ese sentimiento se esconde en cada acto, esperando a ser descubierto o deseando ser recuperado. En cada proyecto, en cada paso en este largo camino, se puede querer lo que uno hace y a los que día y noche, hombro con hombro, hacen de esta trayectoria un paseo más ameno y confortable. Sin olvidar que no es necesario un 14 de Febrero, un 19 de Marzo o el primer domingo de Mayo; este poder permanece perenne, intemporal, porque por muchos años que pasen, aún hoy en multitud de estaciones, calles y hogares se puede sentir el mismo sentimiento que un día, empujó a nuestros predecesores a creer en un mundo mejor.

 

 

 

jueves, 21 de enero de 2016

Tras el acero de una armadura


“Parte del problema con la palabra “discapacidad” es que sugiere una inhabilidad para ver, escuchar, andar o hacer cosas que muchos de nosotros damos por sentado. Pero ¿qué ocurre con la gente que no puede sentir, hablar de sus sentimientos, controlar sus sentimientos, establecer relaciones cercanas, realizarse, gente que ha perdido la esperanza, que viven en la desgracia y la amargura? Para mí, esas son las discapacidades reales.”-Fred Rogers



“No tengo una discapacidad, tengo una habilidad diferente. Conóceme por mis habilidades, no por mis discapacidades.”-Robert M. Hensel

“Pon tu cara hacia el sol y no verás las sombras.”-Helen Keller.

“La discapacidad no te define; te define cómo haces frente a los desafíos que la discapacidad te presenta.”-Jim Abbott.

Y así enumeraríamos una infinidad de frases que quieren transmitirnos el mismo mensaje, y es que eso que denominamos “discapacidad” es en realidad una situación llena de capacidades, sueños e ilusiones. Las personas que viven inmersas en esta situación sienten más que la mayoría de las personas “capaces”, ven más allá que gran parte del resto de personas porque no utilizan sus ojos, sino que miran con una visión más humana, real y cautivadora como puede ser la luz del corazón.  Son capaces de transformar su mundo con solo una sonrisa, crear felicidad de la nada entre sus familiares, amigos y su entorno. Y sinceramente, ¿cuántos somos capaces de ello hoy en día? Es uno de los poderes que se les han sido otorgados.

Pero si hay algo que realmente admiro es su naturalidad. Tan sencillos y humanos como la vida misma, tan repletos de esa espontaneidad y tan carentes de una máscara o una apariencia que guarde recovecos de su personalidad. No tienen la necesidad de crear un personaje en las redes sociales que se mueva en un mundo virtual al son de un teatro más ficticio que real en ocasiones. Ellos no, son capaces de encontrar la felicidad entre los que les rodean, son capaces de abrirse al mundo real: el de sus seres queridos. Los que hayan tenido la oportunidad de conocer esta magia, sabrán bien de lo que hablo.


Tampoco juzgan a la gente, aunque lamentablemente a veces sean juzgados por su apariencia, por ser diferentes al resto, y es que parece que en este mundo en el que vivimos, a mucha gente le aterra la diferencia, tanto que siempre se aferra a las mismas ideas, a las mismas especulaciones, en vez de abrir su mente y evolucionar. En vez de engrandecer el mérito y el esfuerzo que cada día millones de personas realizan por mejorar la calidad de vida de estos pequeños y grandes caballeros que luchan en la simpleza del día a día por un mundo más justo y equitativo, por la oportunidad que merecen y a veces no se les es concedida. 




Así nació el proyecto que hoy os presento, porque más allá de la armadura que nos diferencia a todos y cada uno de los habitantes de este planeta, en el fondo subyace una misma verdad, un trasfondo igual de humano que a veces se ve encubierto por el culto a lo físico y material. “El verdadero caballero no lleva armadura” es un cuento que intenta evocar la grandeza de esos valientes caballeros que pese a ser juzgados en ocasiones por su armadura, son capaces de vencer el miedo y demostrar al mundo de lo que realmente capaces, porque no podemos poner “barreras al campo” y mucho menos, a la vida. Todo ello, con la ayuda de “maestros” que harán del camino un poco más fácil. El protagonista, el caballero Zarrán, se verá envuelto en una situación comprometida ante una oportunidad sin igual, aunque otros caballeros con armadura, como Alonso Dante, no se lo pondrán fácil. El cuento, bañado de emoción, sentimiento y misterio hasta el final, también intenta de una manera metafórica enaltecer el valor de todos y cada uno de estos caballeros sin armadura que se muestran tal como son, auténticos y naturales. También aborda a modo de leyenda el origen de Asodema, uno de los centros de referencia no solo a nivel local, sino regional y comarcal. El cuento comienza así:

“En un tiempo lejano, tanto que la naturaleza predominaba en la extensa llanura de La Mancha y el lince vagaba a sus anchas por los Montes de Toledo, vivía un caballero de corazón noble. El joven, alto y lánguido, no llegaba a rellenar la vieja armadura de su abuelo. Sus ojos verdes reflejaban la ilusión de un auténtico luchador, el sentimiento sincero con el que sueña alguna vez todo caballero: salvar una nación, un pueblo o una princesa. Su pelo corto, denso y oscuro, mostraba la mocedad del que aún tiene mucha vida por delante. Su piel clara aparentaba transmitir frialdad a su entorno; sin embargo, cada vez que sonreía, despertaba una luz en el interior de los allí presentes, una alegría y un cálido sentimiento humano difícil de describir.

Se llamaba Ramón, pero le gustaba que le llamaran “Zarrán”. No era un mote común, pero ya había escuchado de otros grandes caballeros como el Cid Campeador y él, aunque todavía era un aprendiz, quería tener un sobrenombre que fuera recordado si algún día el destino, le daba la oportunidad de demostrar su valía…..”




Ahora tenéis la oportunidad de formar parte de la leyenda del Caballero Zarrán y colaborar con ASODEMA. Todos los beneficios son para la asociación y podéis adquirir el cuento allí, en el Centro Ocupacional de Asodema en Madridejos. También agradecer la colaboración de la asociación en este pequeño proyecto con Tesoros Invisibles como el primer cimiento de un proyecto social que trata de engrandecer los valores que no se ven, pero que forman parte de lo que somos, siendo el motor de nuestra existencia. También valorar la labor que llevan desarrollando tantos años y de la que sin duda, todos los Madridejenses nos sentimos orgullosos.


No esperes para participar en la leyenda de Ramón Zarrán. Y tú, ¿todavía no conoces al verdadero caballero?

sábado, 26 de septiembre de 2015

En tierra de nadie


“Con frecuencia solemos caer en la trampa de considerar "nuestro", frente a lo nuevo, aquello que tenemos desde hace tiempo aunque, en su origen, nos viniese tan de "fuera", nos fuese tan "extraño" como lo nuevo de ahora.” José Luis Aranguren




Algo aparentemente tan rocambolesco viene a simplificar que a menudo solemos apropiarnos de cosas que no nos pertenecen: de objetos, seres, enseres y lugares que están ahí mucho antes de que el ser humano tuviera la capacidad de entender y la oportunidad de pensar. Algunos de ellos, ni siquiera los elegimos. Pero el humano, terco y testarudo, no duda en apropiarse de lo que no tiene dueño.

Un ejemplo claro son los continentes, naciones, comunidades, provincias y ciudades que pueblan nuestro inmenso punto azul. Pese a ver al vecino como un extraño, y cuanto más lejano más extraño, todo en su conjunto pertenece a una misma entidad: el planeta Tierra. Aquí la gente camina desorientada intentando imponer su propia verdad, tratando de exaltar sus colores y banderas sobre los demás, demostrando su hegemonía al resto del mundo. También es común el efecto contrario, miradas ingratas cada vez que una persona venida “de fuera” llega a lo que la gente considera como suyo. Como si fueran ellos los fundadores de un territorio que pese a estar disfrazado de calles, muros y riadas de cemento, existe desde tiempos inmemorables. Es por ello que debo recordar, queridos lectores, que ninguno de vosotros eligió el lugar donde debería nacer ni el curso de la historia en el que habitaría, es por ello que me veo obligado hacer una parada en esta incesante travesía de desenfreno en la que vivimos y plantear la siguiente pregunta: ¿Es lógico injuriar al vecino defendiendo unos colores, una bandera y un lugar que no elegimos? Y es cierto que todos nos sentimos orgullosos de nuestra tierra, de nuestros orígenes y nuestras culturas, de nuestra tradición y nuestras gentes, pero incluso en el transcurso de esta entrada, es difícil omitir el posesivo, aunque objetivamente, habría que comenzar a pensar que nada de ello nos pertenece.

Nada de eso nos pertenece porque gran parte de esas tradiciones y cultura que hacemos como nuestras, estaban ahí antes de que naciéramos y todo ello, permanecerá incluso después de nuestra muerte. ¿No es pues, nuestra vida una simple anécdota en un mar de palabras? Tan corta y breve como esta entrada, tan dulce y amarga como esta verdad.

Y a esta altura, muchos de vosotros os preguntaréis dónde quiero llegar con eso de que el lugar y su entorno, no nos pertenece. No hay que remontarse muy atrás en el tiempo, sólo basta con ojear un periódico o ver las noticias.  ¿Qué ocurre si esa tierra que tanto estimamos, nos da la espalda? Que quedaremos en tierra de nadie, al desamparo de una acogida que se antoja difícil. Es necesario matizar que tanto el revés de un territorio como la negación de acogida se produce por el mismo fenómeno: la posesión de un terreno que no pertenece a nadie. Una guerra civil nunca podrá enterrar la verdad, ni una negación de acogida, esconderla. Porque más allá de lo que muchos creen, no podemos poner barreras, muros o estamentos que limiten una nación; una nación que no eligieron, una nación que no elegimos. Es aquí donde aparece la idea de empatía, porque si el dirigente, político o ciudadano que espera con las manos en los bolsillos estuviera al otro lado del muro, como refugiado, las circunstancias cambiarían. Y podría haberlo estado, ¿por qué no? Él tampoco eligió su origen.

El mundo, esa cultura, esa tradición, es un préstamo que se nos da para esta breve estación llamada vida. ¿Os imagináis que un día fuerais a un parque y al sentaros en un banco os dijeran que debéis abandonarlo porque es de los vecinos del barrio?  No podemos adueñarnos de lo que no tiene dueño.

Desconozco si esta entrada es una osadía desde la primera palabra o tan sincera  como para ser contada, pero espero que cale tan hondo como lo puede hacer un baño de realidad. Y es que están tan acostumbrados a ver todo tan controlado, todo tan ordenado que cuando una población en masa pide ayuda y huye, buscando algo mejor, como haría cualquier persona por mucho amor que le tenga a “su tierra” ( y el que diga que no miente) que deberíamos empezar a plantearnos que la inmigración y emigración son nada más que una pequeña parte de este proceso de globalización que nos permite abrir la mente y darnos cuenta de que todos, en nuestro conjunto, pertenecemos a la misma especie y por ello deberíamos caminar unidos, con un mismo destino común, como ya lo hicieron grandes civilizaciones como los Mayas o los Egipcios, sólo que más adaptado a nuestro tiempo. Sólo así, lograríamos grandes cosas, porque la grandeza humana no está escrita y fluctúa sin unos cimientos firmes.

Este diminuto punto azul, situado en medio de un inmenso universo, que acoge una infinidad de parajes, de tierras, de seres y criaturas de diversa naturaleza, que ha criado al humano desde antes que este comenzara a dar sus primeros pasos, desde antes que aprendiera lo importante que es cooperar y socializarse porque solo, no puede ser autosuficiente; que ha vivido tantos encuentros y desencuentros; que se ha emocionado tantas veces cuando una persona lo abandonaba hacia un más allá y que ha llorado de alegría al revivir un nuevo nacimiento; que ha visto levantar tantos imperios y hegemonías, empuñando armas y escudos, y que a la vez ha contemplado como se desvanecían comidos por su mismo orgullo y egoísmo; esta tierra es la misma que ha vivido tantas veces el trasiego dubitativo de tantas personas, buscando un  mañana mejor, aquello que perdieron sin merecimiento alguno o que quizá, nunca llegaron a tener. Este mundo, pequeño en ocasiones, inmenso ante la humanidad, también fue, es y ha sido testigo de grandes hazañas, logros y éxitos, porque aquello que nos pertenece a todas las personas de este planeta, sean de dónde sean, vivan donde vivan, es esa capacidad como humanos de tender la mano ante la dificultad, de no arrugarse ante la incertidumbre y sacar a la luz lo que sí elegimos: nuestra grandeza como especie cuando desde la humildad, ayudamos al que lo está pasando mal.









jueves, 24 de septiembre de 2015

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